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8/10/08

Fragmento de algo que vendrá

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A Elías Soler le cortó su abuela el cordón umbilical que le unía a su madre, mientras sus tías miraban cómo movía las manitas aquel pequeño hato blanquecino de grasa y cartílagos. Era una noche de octubre y el viento chocaba con furia contra la puerta de la casa. Los crujidos de los muebles y los cuchicheos de las tías se silenciaron con el primer quejido del cachorro recién nacido. No parecía gustarle que le quitaran de la piel el óleo en el que había estado bañado durante meses. Una vez hubo sido aseada tras expulsar la placenta, la vieja dejó en el pecho de la parturienta al bebé y se retiró con sus hijas al salón, dejándola a solas con el recién nacido. Ascensión tenía dieciséis años. Acunó casi desmayada a Elías mientras tarareaba una nana que inventaba sobre la marcha. Acercó la cabeza calva del niño a su pezón derecho. Nadie le había enseñado que aquello era en realidad un momento de felicidad. Seis meses después de aquella nana el sol la iluminaría muerta una mañana. La abuela diría entonces que, a raíz del parto, se le había ensuciado la sangre.

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6/30/08

Fragmentos de algo que vendrá

A Mares de Alba no le circunda el agua. No hay ningún océano ni río junto a él. Sólo lo refrescan las aguas subterráneas que bajan por la ladera en la que se asienta. Al beberlas saben a metal, como si se estuviera chupando monedas. Al igual que los animales del desierto, Mares de Alba sólo se baña con el sol y la arena roja que salpica sus paredes a la menor ráfaga de viento. El cobre que sustentaba el relieve de los alrededores quiere volver a inundar todo el paisaje, como en un principio, cuando los romanos aún no habían descubierto la riqueza cúprica de aquel suelo. Las casas, todas pintadas de blanco, todas viejas, todas bajas, lucen sus arquitecturas descascarilladas y teñidas de rojo sangre. La mina que originó Mares de Alba vació sus entrañas cuando aparecían prematuras las primeras arrugas de los habitantes hoy ancianos en una piel también virada a rojo oscuro, a banquetas bajas, a hogazas de pan de corteza dura, a navajas, a sudor. Mares de Alba es ese polvo de cobre, y ya nadie se preocupa por ocultarlo.


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La abubilla encuentra cobijo en cualquier lugar que se precie. No se molesta en hacer un nido recogido y cuidado. Puede sentirse a gusto en una oquedad dentro de un viejo castaño podrido de corteza ennegrecida y guarecerse sólo con unas pocas hojas que apenas disimulen su cresta color canela. Desde allí emiten su reclamo de apareamiento, su sonido característico, día y noche, hasta que su pareja copula con ella.
Saturno fue hace sólo diez años la pocilga del viejo Zacarías, donde crió cerdos toda su vida. Ahumaba sus jamones en la chimenea de su cocina hasta que quedaban cubiertos de la ceniza de la madera quemada. Sólo consiguió vender dos, los dos primeros que ahumó, a parientes cercanos. Su sabor era tan malo que no consiguió colocar ninguno más, pero no por ello dejó de criarlos, aunque siempre para consumo propio. Una hermana suya le encontró un día muerto junto a la puerta de su habitación, agarrado a las sábanas, tiradas por el suelo. A los pocos meses puso a la venta la pocilga y la compró un hostelero de Ciudad Real, que la convirtió en Saturno, una discoteca que sólo difería de otros edificios de las afueras de Mares de Alba por su austero letrero fluorescente.
Aquellos adolescentes imitaban sin saberlo a la abubilla, su animal autóctono. Aquel viernes, aquella noche como cualquier otra, Mario Silva y Alba Soler follaron contra la pared trasera del Saturno, a oscuras, sin siquiera haber intercambiado una sola palabra, los pantalones de él manchados por el barro alcohólico que se creaba alrededor del contenedor, ella contra la pared, volviéndose para mirarle con la sonrisa feroz que heredó de su madre, la música electrónica marcando el ritmo de las embestidas de él. El pequeño bolso de cuero falso de ella sobre una silla de mimbre destartalada. Sus bragas baratas y amarillas, rotas, sucias, pisadas.
Aquel viernes. Aquellos dos. En la oscuridad, jadeando. Read more!